Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH El plan era simple: regresar a la sima por última vez y documentar todo lo posible. Sin embargo, Nash sabÃa que este descenso serÃa diferente. Las advertencias, las amenazas y los ataques dejaban claro que no estaban solos en esta búsqueda.
Al llegar al lugar, se encontraron con algo que les heló la sangre: la entrada de la sima habÃa sido sellada con rocas y tierra, como si alguien hubiera intentado ocultarla para siempre. Gabriel apretó los puños. —Nos están bloqueando. Esto es una señal clara. —No es suficiente para detenernos —dijo Nash mientras buscaba una alternativa.
Encontraron una grieta lateral que llevaba al interior de la sima. Era estrecha y peligrosa, pero no habÃa otra opción. Descendieron lentamente, en un silencio tenso que solo era roto por el sonido de sus pasos sobre la roca.
Cuando alcanzaron el altar, lo que vieron los dejó sin palabras. Velas encendidas rodeaban la losa de sacrificios, y sobre ella descansaba un cuerpo fresco, con las mismas marcas rituales que habÃan encontrado antes. Era un mensaje, pero también una advertencia: alguien seguÃa utilizando ese lugar.
—No puede ser real... —murmuró Xabier, retrocediendo con horror. —Es real —respondió Nash, acercándose al altar. —Esto no es un pasado enterrado. Es un presente vivo.