Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH Nash sabÃa que tenÃa razón. La prisión albergaba a una mujer que habÃa sido condenada con pruebas circunstanciales y una confesión dudosa. Y ahora, el cuerpo de Andrea reescribÃa la narrativa. La única manera de avanzar era reabrir el caso, aunque sabÃa que no serÃa sencillo.
—Esto no es una coincidencia —murmuró Nash para sà misma.
Gabriel, quien estaba a su lado revisando los planos del valle, alzó la vista. —¿Qué dijiste? —Andrea. Su cuerpo. Esa nota. Nada de esto es casual. Alguien sabÃa que ella estaba allÃ. Y lo que sea que pase en esa sima, sigue vivo.
Los dÃas siguientes estuvieron llenos de entrevistas y viajes entre oficinas de policÃa, registros de archivo y encuentros con periodistas locales que aún recordaban el caso con una mezcla de morbo y nostalgia. Todos los caminos llevaban a un punto: la mujer en prisión, Sara Eguren, habÃa sido condenada porque nadie querÃa mirar más allá de lo evidente.
—¿Por qué alguien la protegerÃa? —preguntó Gabriel mientras conducÃan de vuelta al valle. Nash frunció el ceño. —No la protegÃan a ella, protegÃan algo más. Quizá algo que Andrea descubrió, o que alguien quiso enterrar con ella.
