Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Svidrigailof se sentó en el sofá, a unos ocho pasos de Dunia. La joven no tenía la menor duda acerca de sus intenciones: sabía que eran inquebrantables, pues conocía bien a Svidrigailof… De pronto sacó del bolsillo un revólver, lo preparó para disparar y lo dejó en la mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailof hizo un movimiento de sorpresa.
‑¡Ah, caramba! ‑exclamó con una pérfida sonrisa‑. Así la cosa cambia por completo. Usted misma me facilita la tarea, Avdotia Romanovna… Pero ¿de dónde ha sacado usted ese revólver? ¿Se lo ha proporcionado el señor Rasumikhine? ¡Toma, si es el mío! ¡Un viejo amigo! ¡Tanto como lo busqué! Las lecciones de tiro que tuve el honor de darle en el campo no fueron inútiles, por lo que veo.
‑Este revólver no es tuyo, monstruo, sino de Marfa Petrovna. No había nada tuyo en su casa. Lo cogí cuando comprendí de lo que eras capaz. Si das un paso, te juro que te mato.
Dunia había empuñado el revólver. En su desesperación, estaba dispuesta a disparar.
‑Bueno, ¿y su hermano? Le hago esta pregunta por pura curiosidad ‑dijo Svidrigailof sin moverse del sitio.
‑Denúnciale si quieres. Un paso y disparo. Tú envenenaste a tu esposa: estoy segura. Tú también eres un asesino.