Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Deja que te dé mi bendición… AsÃ… ¡Señor, Señor… !
Rodia se felicitaba de que nadie, ni siquiera su hermana, estuviera presente en aquella entrevista. De súbito, tras aquel horrible perÃodo de su vida, su corazón se habÃa ablandado. Raskolnikof cayó a los pies de su madre y empezó a besarlos. Después los dos se abrazaron y lloraron. La madre ya no daba muestras de sorpresa ni hacia pregunta alguna. HacÃa tiempo que sospechaba que su hijo atravesaba una crisis terrible y comprendÃa que habÃa llegado el momento decisivo.
‑Rodia, hijo mÃo, mi primer hijo ‑decÃa entre sollozos‑, ahora te veo como cuando eras niño y venÃas a besarme y a ofrecerme tus caricias. Entonces, cuando aún vivÃa tu padre, tu presencia bastaba para consolarnos de nuestras penas. Después, cuando el pobre ya habia muerto, ¡cuántas veces lloramos juntos ante su tumba, abrazados como ahora! Si hace tiempo que no ceso de llorar es porque mi corazón de madre se sentÃa torturado por terribles presentimientos. En nuestra primera entrevista, la misma tarde de nuestra llegada a Petersburgo, tu cara me anunció algo tan doloroso, que mi corazón se paralizó, y hoy, cuando te he abierto la puerta y te he visto, he comprendido que el momento fatal habÃa llegado. Rodia, ¿verdad que no partes en seguida?
‑No.