Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina observó al intruso con evidente desconfianza. Sólo se veÃan sus ojillos brillando en la sombra. Al ver que habÃa gente en el rellano, se tranquilizó y abrió la puerta. El joven franqueó el umbral y entró en un vestÃbulo oscuro, dividido en dos por un tabique, tras el cual habÃa una minúscula cocina. La vieja permanecÃa inmóvil ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes de malicia. Llevaba la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaÃdo y con sólo algunas hebras grises, estaban embadurnados de aceite. Un viejo chal de franela rodeaba su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a pesar del calor, llevaba sobre los hombros una pelliza, pelada y amarillenta. La tos la sacudÃa a cada momento. La vieja gemÃa. El joven debió de mirarla de un modo algo extraño, pues los menudos ojos recobraron su expresión de desconfianza.
‑Raskolnikof, estudiante. Vine a su casa hace un mes ‑barbotó rápidamente, inclinándose a medias, pues se habÃa dicho que debÃa mostrarse muy amable.
‑Lo recuerdo, muchacho, lo recuerdo perfectamente ‑articuló la vieja, sin dejar de mirarlo con una expresión de recelo.