Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Bien; pues he venido para un negocillo como aquél ‑dijo Raskolnikof, un tanto turbado y sorprendido por aquella desconfianza.
«Tal vez esta mujer es siempre asà y yo no lo advertà la otra vez», pensó, desagradablemente impresionado.
La vieja no contestó; parecÃa reflexionar. Después indicó al visitante la puerta de su habitación, mientras se apartaba para dejarle pasar.
‑Entre, muchacho.
La reducida habitación donde fue introducido el joven tenÃa las paredes revestidas de papel amarillo. Cortinas de muselina pendÃan ante sus ventanas, adornadas con macetas de geranios. En aquel momento, el sol poniente iluminaba la habitación.
«Entonces ‑se dijo de súbito Raskolnikof‑, también, seguramente lucirá un sol como éste.»
Y paseó una rápida mirada por toda la habitación para grabar hasta el menor detalle en su memoria. Pero la pieza no tenÃa nada de particular. El mobiliario, decrépito, de madera clara, se componÃa de un sofá enorme, de respaldo curvado, una mesa ovalada colocada ante el sofá, un tocador con espejo, varias sillas adosadas a las paredes y dos o tres grabados sin ningún valor, que representaban señoritas alemanas, cada una con un pájaro en la mano. Esto era todo.