Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Sin embargo, hay que tener en cuenta que Raskolnikof no habÃa pensado para nada en aquellas joyas. CreÃa que sólo se apoderarÃa de dinero, y esto explica que no tuviera preparado ningún escondrijo. «¿Pero por qué me he alegrado? ‑se preguntó‑. ¿No es un disparate esconder asà las cosas? No cabe duda de que estoy perdiendo la razón.»
Sintiéndose en el lÃmite de sus fuerzas, se sentó en el diván. Otra vez recorrieron su cuerpo los escalofrÃos de la fiebre. Maquinalmente se apoderó de su destrozado abrigo de estudiante, que tenÃa al alcance de la mano, en una silla, y se cubrió con él. Pronto cayó en un sueño que tenÃa algo de delirio.
Perdió por completo la noción de las cosas; pero al cabo de cinco minutos se despertó, se levantó de un salto y se arrojó con un gesto de angustia sobre sus ropas.
«¿Cómo puedo haberme dormido sin haber hecho nada? El nudo corredizo está todavÃa en el sitio en que lo cosÃ. ¡Haber olvidado un detalle tan importante, una prueba tan evidente!» Arrancó el cordón, lo deshizo e introdujo las tiras de tela debajo de su almohada, entre su ropa interior.
«Me parece que esos trozos de tela no pueden infundir sospechas a nadie. Por lo menos, asà lo creo», se dijo de pie en medio de la habitación.