Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Se levantó de un salto y quedó sentado en el diván. El corazón le latía tan violentamente, que le hacía daño.

‑Y echado el pestillo ‑observó Nastasia‑. Por lo visto, tiene miedo de que se lo lleven… ¿Quieres levantarte y abrir de una vez?

«¿Qué querrán? ¿Qué hace aquí el portero? ¡Se ha descubierto todo, no cabe duda! ¿Debo abrir o hacerme el sordo? ¡Así cojan la peste!»

Se levantó a medias, tendió el brazo y tiró del pestillo. La habitación era tan estrecha, que podía abrir la puerta sin dejar el diván.

No se había equivocado: eran Nastasia y el portero.

La sirvienta le dirigió una mirada extraña. Raskolnikof miraba al portero con desesperada osadía. Éste presentaba al joven un papel gris, doblado y burdamente lacrado.

‑Esto han traído de la comisaría.

‑¿De qué comisaría?

‑De la comisaría de policía. ¿De qué comisaría ha de ser?

‑Pero ¿qué quiere de mí la policía?

‑¿Yo qué sé? Es una citación y tiene que ir.

Miró fijamente a Raskolnikof, pasó una mirada por el aposento y se dispuso a marcharse.


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