Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Tienes cara de enfermo ‑dijo Nastasia, que no quitaba ojo a Raskolnikof. Al oÃr estas palabras, el portero volvió la cabeza, y la sirvienta le dijo‑: Tiene fiebre desde ayer.
Raskolnikof no contestó. TenÃa aún el pliego en la mano, sin abrirlo.
‑Quédate acostado ‑dijo Nastasia, compadecida, al ver que Raskolnikof se disponÃa a levantarse‑. Si estás enfermo, no vayas. No hay prisa.
Tras una pausa, preguntó:
‑¿Qué tienes en la mano?
Raskolnikof siguió la mirada de la sirvienta y vio en su mano derecha los flecos del pantalón, los calcetines y el bolsillo. HabÃa dormido asÃ. Más tarde recordó que en las vagas vigilias que interrumpÃan su sueño febril apretaba todo aquello fuertemente con la mano y que volvÃa a dormirse sin abrirla.
‑¡Recoges unos pingajos y duermes con ellos como si fueran un tesoro!
Se echó a reÃr con su risa histérica. Raskolnikof se apresuró a esconder debajo del gabán el triple cuerpo del delito y fijó en la doméstica una mirada retadora.
Aunque en aquellos momentos fuera incapaz de discurrir con lucidez, se dio cuenta de que estaba recibiendo un trato muy distinto al que se da a una persona a la que van a detener.