Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Ya hablaremos cuando la traiga, amigo mÃo.
‑Entonces, adiós… ¿Está usted siempre sola aquÃ? ¿No está nunca su hermana con usted? ‑preguntó en el tono más indiferente que le fue posible, mientras pasaba al vestÃbulo.
‑¿A usted qué le importa?
‑No lo he dicho con ninguna intención… Usted en seguida… Adiós, Alena Ivanovna.
Raskolnikof salió al rellano, presa de una turbación creciente. Al bajar la escalera se detuvo varias veces, dominado por repentinas emociones. Al fin, ya en la calle, exclamó:
‑¡Qué repugnante es todo esto, Dios mÃo! ¿Cómo es posible que yo… ? No, todo ha sido una necedad, un absurdo ‑afirmó resueltamente‑. ¿Cómo ha podido llegar a mi espÃritu una cosa tan atroz? No me creÃa tan miserable. Todo esto es repugnante, innoble, horrible. ¡Y yo he sido capaz de estar todo un mes pen… !