Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Después de haber examinado a Lujine con impertinencia, Raskolnikof sonrió amargamente, dejó caer la cabeza sobre la almohada y continuó contemplando el techo.
Pero el señor Lujine parecía haber decidido tener paciencia y fingía no advertir las rarezas de Raskolnikof.
‑Lamento profundamente encontrarle en este estado ‑dijo para reanudar la conversación‑. Si lo hubiese sabido, habría venido antes a verle. Pero usted no puede imaginarse las cosas que tengo que hacer. Además, he de intervenir en un debate importante del Senado. Y no hablemos de esas ocupaciones cuya índole puede usted deducir: espero a su familia, es decir, a su madre y a su hermana, de un momento a otro.
Raskolnikof hizo un movimiento y pareció que iba a decir algo. Su semblante dejó entrever cierta agitación. Piotr Petrovitch se detuvo y esperó un momento, pero, viendo que Raskolnikof no desplegaba los labios, continuó:
‑Sí, las espero de un momento a otro. Ya les he encontrado un alojamiento provisional.
‑¿Dónde? ‑preguntó Raskolnikof con voz débil.
‑Cerca de aquí, en el edificio Bakaleev.