Crimen y Castigo
Crimen y Castigo En vez de contestarle, Raskolnikof se levantó, pasó al vestíbulo y empezó a tirar del cordón de la campanilla. Era la misma; la reconoció por su sonido de hojalata. Tiró del cordón otra vez, y otra, aguzó el oído mientras trataba de recordar. La atroz impresión recibida el día del crimen volvió a él con intensidad creciente. Se estremecía cada vez que tiraba del cordón, y hallaba en ello un placer cuya violencia iba en aumento.
‑Pero ¿qué quiere usted? ¿Y quién es? ‑le preguntó el empapelador de más edad, yendo hacia él.
Raskolnikof volvió a la habitación.
‑Quiero alquilar este departamento ‑repuso‑, y es natural que desee verlo.
‑De noche no se miran los pisos. Además, ha de subir acompañado del portero.
‑Veo que han lavado el suelo. ¿Van a pintarlo? ¿Queda alguna mancha de sangre?
‑¿De qué sangre?
‑Aquí mataron a la vieja y a su hermana. Allí había un charco de sangre.
‑Pero ¿quién es usted? ‑exclamó, ya inquieto, el empapelador.
‑¿Yo?
‑Sí.