Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑No estaba en su juicio ‑exclamó Rasumikhine con una voz que denunciaba su embriaguez‑. De lo contrario, no se habrÃa atrevido a hacer una cosa asÃ. Mañana habrá recobrado la razón. Pero hoy lo ha echado de aquÃ. El otro, como es natural, se ha indignado… Estaba aquà discurseando y exhibiendo su sabidurÃa y se ha marchado con el rabo entre piernas.
‑O sea ¿que es verdad? ‑dijo Dunia, afligida‑. Vamos, mamá… Buenas noches, Rodia.
‑No olvides lo que te he dicho, Dunia ‑dijo Raskolnikof reuniendo sus últimas fuerzas‑. Yo no deliro. Ese matrimonio es una villanÃa. Yo puedo ser un infame, pero tú no debes serlo. Basta con que haya uno. Pero, por infame que yo sea, renegarÃa de ti. O Lujine o yo… Ya os podéis marchar.
‑O estás loco o eres un déspota ‑gruñó Rasumikhine.
Raskolnikof no le contestó, acaso porque ya no le quedaban fuerzas.
Se habÃa echado en el diván y se habÃa vuelto de cara a la pared, completamente extenuado. Avdotia Romanovna miró atentamente a Rasumikhine. Sus negros ojos centellearon, y Rasumikhine se estremeció bajo aquella mirada. Pulqueria Alejandrovna estaba perpleja.
‑No puedo marcharme ‑murmuró a Rasumikhine, desesperada‑. Me quedaré aquÃ, en cualquier rincón. Acompañe a Dunia.