Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Ya entiendo: ustedes creen que estoy bebido ‑dijo el joven, adivinando los pensamientos de las dos mujeres y mientras daba tales zancadas por la acera, que ellas a duras penas podÃan seguirle, cosa que él no advertÃa‑. Eso es absurdo… Quiero decir que, aunque esté borracho perdido, esto no importa en absoluto. Estoy borracho, sÃ, pero no de bebida. Lo que me ha trastornado ha sido la llegada de ustedes: me ha producido el mismo efecto que si me dieran un golpe en la cabeza… Sin embargo, esto no excluye mi responsabilidad… No me hagan caso, pues soy indigno de ustedes completamente indigno… Y tan pronto como las haya dejado en casa, me acercaré al canal y me echaré dos cubos de agua en la cabeza. Entonces se me pasará todo… ¡Si ustedes supieran cuánto las quiero a las dos! No se enfaden, no se rÃan… De la última persona de quien deben ustedes burlarse es de mÃ. Yo soy amigo de él. TenÃa el presentimiento de que sucederÃa lo que ha sucedido. El año pasado ya lo presentÃ… Pero no, no pude presentirlo el año pasado, porque, al verlas a ustedes, he tenido la impresión de que me caÃan del cielo… Yo no dormiré esta noche… Ese Zosimof temÃa que Rodia perdiera la razón. Por eso les he dicho que no deben contrariarle.
‑Pero ¿qué dice usted? ‑exclamó la madre.
‑¿De veras ha dicho eso el doctor? ‑preguntó Avdotia Romanovna, aterrada.