Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Seriamente… seriamente… ! Tú mismo me lo describiste como un maniático cuando me trajiste a su casa… Y ayer lo trastornamos con nuestra conversación sobre el pintor de paredes. ¡Buen tema para tratarlo con un hombre cuya locura puede haber sido provocada por este suceso… ! Si hubiese sabido exactamente lo que habÃa pasado en la comisarÃa, si hubiese estado enterado del detalle de que un canalla le habÃa herido con sus sospechas, habrÃa evitado semejante conversación. Estos manÃacos hacen un océano de una gota de agua y toman por realidades los disparates que imaginan. Ahora, gracias a lo que nos contó anoche en tu casa Zamiotof, ya comprendo muchas cosas. SÃ. Conozco el caso de un hombre de cuarenta años, afectado de hipocondrÃa, que un dÃa no pudo soportar las travesuras cotidianas de un niño de ocho años y lo estranguló. Y ahora nos enfrentamos con un hombre reducido a la miseria y que se ve en el trance de sufrir las insolencias de un policÃa. Añadamos a esto la enfermedad que le minaba y el efecto de la grave sospecha. Piensa que se trata de un caso de hipocondrÃa en último grado, de un sujeto orgulloso en extremo: ahà tenemos la base del mal… ¡Bueno, que se vaya todo al diablo! ¡Ah!, a propósito: ese Zamiotof es un gran muchacho, pero ha cometido una torpeza contando todo esto. Es un charlatán incorregible.
‑Pero ¿a quién lo ha contado? A ti y a mÃ.