Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Es cierto ‑convino Raskolnikof, presa de una singular preocupación‑. Me acuerdo de todo, y con los detalles más insignificantes. Sin embargo, no consigo explicarme por qué fui allÃ, ni por qué obré y hablé como lo hice.
‑El fenómeno es conocido ‑observó Zosimof‑. El acto se cumple a veces con una destreza y una habilidad extraordinarias, pero el principio que lo motiva adolece de cierta alteración y depende de diversas impresiones morbosas. Es algo asà como un sueño.
«Al fin y al cabo, debo felicitarme de que me tomen por loco», pensó Raskolnikof.
‑Pero las personas perfectamente sanas están en el mismo caso ‑observó Dunetchka, mirando a Zosimof con inquietud.
‑La observación es muy justa ‑respondió el médico‑. En este aspecto, todos solemos parecernos a los alienados. La única diferencia es que los verdaderos enfermos están un poco más enfermos que nosotros. Sólo sobre esta base podemos establecer distinciones. Hombres perfectamente sanos, perfectamente equilibrados, si usted prefiere llamarlos asÃ, la verdad es que casi no existen: no se podrÃa encontrar más de uno entre centenares de miles de individuos, e incluso este uno resultarÃa un modelo bastante imperfecto.