Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Pulqueria Alejandrovna le entregó la carta con mano temblorosa. Raskolnikof se apoderó de ella con un gesto de viva curiosidad. Pero antes de abrirla dirigió a su hermana una mirada de estupor y dijo lentamente, como obedeciendo a una idea que le hubiera asaltado de súbito:
‑No sé por qué me ha de preocupar este asunto… Cásate con quien quieras.
ParecÃa hablar consigo mismo, pero habÃa levantado la voz y miraba a su hermana con un gesto de preocupación. Al fin, y sin que su semblante perdiera su expresión de estupor, desplegó la carta y la leyó dos veces atentamente. Pulqueria Alejandrovna estaba profundamente inquieta y todos esperaban algo parecido a una explosión.
‑No comprendo absolutamente nada ‑dijo Rodia, pensativo, devolviendo la carta a su madre y sin dirigirse a nadie en particular‑. Sabe pleitear, como es propio de un abogado, y cuando habla lo hace bastante bien. Pero escribiendo es un iletrado, un ignorante.
Sus palabras causaron general estupefacción. No era éste, ni mucho menos, el comentario que se esperaba.
‑Todos los hombres de su profesión escriben asà ‑dijo Rasumikhine con voz alterada por la emoción.
‑¿Es que has leÃdo la carta?