Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Eso no es verdad! ¡Yo no miento! ‑exclamó Dunetchka, perdiendo por completo la calma‑. No me casarÃa con él si no estuviera convencida de que me aprecia; no me casarÃa sin estar segura de que es digno de mi estimación. Afortunadamente, tengo la oportunidad de comprobarlo muy pronto, hoy mismo. Este matrimonio no es una vileza como tú dices… Por otra parte, si tuvieses razón, si yo hubiese decidido cometer una bajeza de esta Ãndole, ¿no serÃa una crueldad tu actitud? ¿Cómo puedes exigir de mà un heroÃsmo del que tú seguramente no eres capaz? Eso es despotismo, tiranÃa. Si yo causo la pérdida de alguien, no será sino de mà misma… TodavÃa no he matado a nadie… ¿Por qué me miras de ese modo… ? ¡Estás pálido… ! ¿Qué te pasa, Rodia… ? ¡Rodia, querido Rodia!
‑¡Señor! ¡Se ha desmayado! Tú tienes la culpa ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
‑No, no… , no ha sido nada… Se me ha ido un poco la cabeza, pero no me he desmayado… No piensas más que en eso… ¿Qué es lo que yo querÃa decir… ? ¡Ah, sÃ! ¿De modo que esperas convencerte hoy mismo de que él te aprecia y es digno de tu estimación? ¿Es esto, no? ¿Es esto lo que has dicho… ? ¿O acaso he entendido mal?
‑Mamá, da a leer a Rodia la carta de Piotr Petrovitch ‑dijo Dunetchka.