Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Se alegrará mucho de conocerte. ¡Le he hablado tantas veces de ti… ! Ayer mismo te nombramos… ¿De modo que conocÃas a la vieja? ¡Estupendo… ! ¡Ah! Nos habÃamos olvidado de que está aquà Sonia Ivanovna.
‑Sonia Simonovna ‑rectificó Raskolnikof‑. Éste es mi amigo Rasumikhine, Sonia Simonovna; un buen muchacho…
‑Si se han de marchar ustedes… ‑comenzó a decir Sonia, cuya confusión habÃa aumentado al presentarle Rodia a Rasumikhine, hasta el punto de que no se atrevÃa a levantar los ojos hacia él.
‑Vamos ‑decidió Raskolnikof‑. Hoy mismo pasaré por su casa, Sonia Simonovna. Haga el favor de darme su dirección.
Dijo esto con desenvoltura pero precipitadamente y sin mirarla. Sonia le dio su dirección, no sin ruborizarse, y salieron los tres.
‑No has cerrado la puerta ‑dijo Rasumikhine cuando empezaban a bajar la escalera.
‑No la cierro nunca… Además, no puedo. Hace dos años que quiero comprar una cerradura.
HabÃa dicho esto con aire de despreocupación. Luego exclamó, echándose a reÃr y dirigiéndose a Sonia:
‑¡Feliz el hombre que no tiene nada que guardar bajo llave! ¿No cree usted?