Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Al llegar a la puerta se detuvieron.
‑Usted va hacia la derecha, ¿verdad, Sonia Simonovna… ? ¡Ah, oiga! ¿Cómo ha podido encontrarme? ‑preguntó en el tono del que dice una cosa muy distinta de la que iba a decir. Ansiaba mirar aquellos ojos tranquilos y puros, pero no se atrevÃa.
‑Ayer dio usted su dirección a Poletchka.
‑¿Poletchka? ¡Ah, sÃ; su hermanita! ¿Dice usted que le di mi dirección?
‑SÃ, ¿no se acuerda?
‑SÃ, sÃ; ya recuerdo.
‑Yo habÃa oÃdo ya hablar de usted al difunto, pero no sabÃa su nombre. Creo que incluso mi padre lo ignoraba. Pero ayer lo supe, y hoy, al venir aquÃ, he podido preguntar por «el señor Raskolnikof». Yo no sabÃa que también usted vivÃa en una pensión. Adiós. Ya diré a Catalina Ivanovna…
Se sintió feliz al poderse marchar y se alejó a paso ligero y con la cabeza baja. Anhelaba llegar a la primera travesÃa para quedar al fin sola, libre de la mirada de los dos jóvenes, y poder reflexionar, avanzando lentamente y la mirada perdida en la lejanÃa, en todos los detalles, hasta los más mÃnimos, de su reciente visita. También deseaba repasar cada una de las palabras que habÃa pronunciado. No habÃa experimentado jamás nada parecido. Todo un mundo ignorado surgÃa confusamente en su alma.