Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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‑Tú todo lo tomas a broma ‑dijo con una irritación que no tuvo que fingir‑. Admito que me preocupan profundamente cosas que para ti no tienen importancia, pero esto no es razón para que me consideres egoísta e interesado, pues repito que esos dos objetos tan poco valiosos tienen un gran valor para mí. Hace un momento te he dicho que ese reloj de plata es el único recuerdo que tenemos de mi padre. Búrlate si quieres, pero mi madre acaba de llegar ‑manifestó dirigiéndose a Porfirio‑, y si se enterase ‑continuó, volviendo a hablar a Rasumikhine y procurando que la voz le temblara‑ de que ese reloj se había perdido, su desesperación no tendría límites. Ya sabes cómo son las mujeres.

‑¡Estás muy equivocado! ¡No me has entendido! Yo no he pensado nada de lo que dices, sino todo lo contrario ‑protestó, desolado, Rasumikhine.

«¿Lo habré hecho bien? ¿No habré exagerado? ‑pensó Raskolnikof, temblando de inquietud‑. ¿Por qué habré dicho eso de "Ya sabes cómo son las mujeres"?»

‑¿De modo que su madre ha venido a verle? ‑preguntó Porfirio Petrovitch.

‑Sí.

‑¿Y cuándo ha llegado?

‑Ayer por la tarde.

Porfirio no dijo nada: parecía reflexionar.


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