Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Sus objetos no pueden haberse perdido ‑manifestó al fin, tranquilo y frÃamente‑. Hace tiempo que esperaba su visita.
Dicho esto, se volvió con toda naturalidad hacia Rasumikhine, que estaba echando sobre la alfombra la ceniza de su cigarrillo, y le acercó un cenicero. Raskolnikof se habÃa estremecido, pero el juez instructor, atento al cigarrillo de Rasumikhine, no pareció haberlo notado.
‑¿Dices que lo esperabas? ‑preguntó Rasumikhine a Porfirio Petrovitch‑. ¿Acaso sabÃas que tenÃa cosas empeñadas?
Porfirio no le respondió, sino que habló a Raskolnikof directamente:
‑Sus dos objetos, la sortija y el reloj, estaban en casa de la vÃctima, envueltos en un papel sobre el cual se leÃa el nombre de usted, escrito claramente con lápiz y, a continuación, la fecha en que la prestamista habÃa recibido los objetos.
‑¡Qué memoria tiene usted! ‑exclamó Raskolnikof iniciando una sonrisa.
PonÃa gran empeño en fijar su mirada serenamente en los ojos del juez, pero no pudo menos de añadir: