Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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‑Es lo más fácil. Estas cuestiones de detalle constituyen el escollo de los maliciosos. El hombre más sagaz es el que menos sospecha que puede caer ante un detalle insignificante. Porfirio no es tan tonto como tú crees.

‑Entonces, es un ladino.

Raskolnikof se echó a reír. Pero al punto se asombró de haber pronunciado sus últimas palabras con verdadera animación e incluso con cierto placer, él, que hasta entonces había sostenido la conversación como quien cumple una obligación penosa.

«Me parece que le voy tomando el gusto a estas cosas», pensó.

Pero de súbito se sintió dominado por una especie de agitación febril, como si una idea repentina e inquietante se hubiera apoderado de él. Este estado de ánimo llegó a ser muy pronto intolerable. Estaban ya ante la pensión Bakaleev.

‑Entra tú solo ‑dijo de pronto Raskolnikof‑. Yo vuelvo en seguida.

‑¿Adónde vas, ahora que hemos llegado?

‑Tengo algo que hacer. Es un asunto que no puedo dejar. Estaré de vuelta dentro de una media hora. Díselo a mi madre y a mi hermana.

‑Espera, voy contigo.


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