Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Todos estaban contentos, y cinco minutos después charlaban entre risas. Sólo Dunetchka palidecÃa a veces, frunciendo las cejas, ante el recuerdo de la escena que se acababa de desarrollar. Pulqueria Alejandrovna no podÃa imaginarse que se sintiera feliz por una ruptura que aquella misma mañana le parecÃa una desgracia horrible. Rasumikhine estaba encantado; no osaba manifestar su alegrÃa, pero temblaba febrilmente como si le hubieran quitado de encima un gran peso. Ahora era muy dueño de entregarse por entero a las dos mujeres, de servirlas… Además, sabÃa Dios lo que podrÃa suceder… Sin embargo, rechazaba, acobardado, estos pensamientos y temÃa dar libre curso a su imaginación. Raskolnikof era el único que permanecÃa impasible, distraÃdo, incluso un tanto huraño. Él, que tanto habÃa insistido en la ruptura con Lujine, ahora que se habÃa producido, parecÃa menos interesado en el asunto que los demás. Dunia no pudo menos de creer que seguÃa disgustado con ella, y Pulqueria Alejandrovna lo miraba con inquietud.
‑¿Qué tienes que decirnos de parte de Svidrigailof? ‑le preguntó Dunia.
‑¡Eso, eso! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
Raskolnikof levantó la cabeza.
‑Está empeñado en regalarte diez mil rublos y desea verte una vez estando yo presente.