Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Yo querÃa deciros… ‑continuó‑. He venido aquà para decirte, mamá, y a ti también, Dunia, que… debemos separarnos por algún tiempo… No me siento bien… Los nervios… Ya volveré… Más adelante… , cuando pueda. Pienso en vosotros y os quiero. Pero dejadme, dejadme solo. Esto ya lo tenÃa decidido, y es una decisión irrevocable. Aunque hubiera de morir, quiero estar solo. Olvidaos de mÃ: esto es lo mejor… No me busquéis. Ya vendré yo cuando sea necesario… , y, si no vengo, enviaré a llamaros. Tal vez vuelva todo a su cauce; pero ahora, si verdaderamente me queréis, renunciad a mÃ. Si no lo hacéis, llegaré a odiaros: esto es algo que siento en mÃ. Adiós.
‑¡Dios mÃo! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.
La madre, la hermana y Rasumikhine se sintieron dominados por un profundo terror.
‑¡Rodia, Rodia, vuelve a nosotras! ‑exclamó la pobre mujer.
Él se volvió lentamente y dio un paso hacia la puerta. Dunia fue hacia él.
‑¿Cómo puedes portarte asà con nuestra madre, Rodia? ‑murmuró, indignada.
‑Ya volveré, ya volveré a veros ‑dijo a media voz, casi inconsciente.
Y se fue.