Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Mal hombre, corazón de piedra! ‑le gritó Dunia.
‑No es malo, es que está loco ‑murmuró Rasumikhine al oÃdo de la joven, mientras le apretaba con fuerza la mano‑. Es un alienado, se lo aseguro. SerÃa usted la despiadada si no fuera comprensiva con él.
Y dirigiéndose a Pulqueria Alejandrovna, que parecÃa a punto de caer, le dijo:
‑En seguida vuelvo.
Salió corriendo de la habitación. Raskolnikof, que le esperaba al final del pasillo, le recibió con estas palabras:
‑SabÃa que vendrÃas… Vuelve al lado de ellas; no las dejes… Ven también mañana; no las dejes nunca… Yo tal vez vuelva… , tal vez pueda volver. Adiós.
Se alejó sin tenderle la mano.
‑Pero ¿adónde vas? ¿Qué te pasa? ¿Qué te propones? ¡No se puede obrar de ese modo!
Raskolnikof se detuvo de nuevo.
‑Te lo he dicho y te lo repito: no me preguntes nada, pues no te contestaré… No vengas a verme. Tal vez venga yo aquÃ… Déjame… , pero a ellas no las abandones… ¿Comprendes?