Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Y al decir esto Sonia miraba a Raskolnikof como sobrecogida de espanto.
‑Ya veo que la quiere usted.
‑¡Claro que la quiero! ‑exclamó Sonia con voz quejumbrosa y alzando de pronto las manos con un gesto de sufrimiento‑. Usted no la… ¡Ah, si usted supiera… ! Es como una niña… Está trastornada por el dolor… Es inteligente y noble… y buena… Usted no sabe nada… nada…
Sonia hablaba con acento desgarrador. Una profunda agitación la dominaba. GemÃa, se retorcÃa las manos. Sus pálidas mejillas se habÃan teñido de rojo y sus ojos expresaban un profundo sufrimiento. Era evidente que Raskolnikof acababa de tocar un punto sensible en su corazón. Sonia experimentaba una ardiente necesidad de explicar ciertas cosas, de defender a su madrastra. De súbito, su semblante expresó una compasión «insaciable», por decirlo asÃ.
‑¿Pegarme? Usted no sabe lo que dice. ¡Pegarme ella, Señor… ! Pero, aunque me hubiera pegado, ¿qué? Usted no la conoce… ¡Es tan desgraciada! Está enferma… Sólo pide justicia… Es pura. Cree que la justicia debe reinar en la vida y la reclama… Ni por el martirio se lograrÃa que hiciera nada injusto. No se da cuenta de que la justicia no puede imperar en el mundo y se irrita… Se irrita como un niño, exactamente como un niño, créame… Es una mujer justa, muy justa.