Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Oh! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted? ¡Eso es imposible! ‑exclamó Sonia con el rostro contraÃdo, con una expresión de espanto indecible.
‑¿Por qué imposible? ‑preguntó Raskolnikof con una sonrisa sarcástica‑. Usted no es inmune a las enfermedades, ¿verdad? ¿Qué serÃa de ellos si usted se pusiera enferma? Se verÃan todos en la calle. La madre pedirÃa limosna sin dejar de toser, después golpearÃa la pared con la cabeza como ha hecho hoy, y los niños llorarÃan. Al fin quedarÃa tendida en el suelo y se la llevarÃan, primero a la comisarÃa y después al hospital. Allà se morirÃa, y los niños…
‑¡No, no! ¡Eso no lo consentirá Dios! ‑gritó Sonia con voz ahogada.
Le habÃa escuchado con gesto suplicante, enlazadas las manos en una muda imploración, como si todo dependiera de él.
Raskolnikof se levantó y empezó a ir y venir por el aposento. Asà transcurrió un minuto. Sonia estaba de pie, los brazos pendientes a lo largo del cuerpo, baja la cabeza, presa de una angustia espantosa.
‑¿Es que usted no puede hacer economÃas, poner algún dinero a un lado? ‑preguntó Raskolnikof de pronto, deteniéndose ante ella.
‑No ‑murmuró Sonia.
‑No me extraña. ¿Lo ha intentado? ‑preguntó con una sonrisa burlona.