Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Ah, sÃ! No se preocupe… Hay tiempo ‑dijo Porfirio Petrovitch, yendo y viniendo por el despacho, al parecer sin objeto, pues ahora se dirigÃa a la mesa, e inmediatamente después se acercaba a la ventana, para volver en seguida al lado de la mesa. En sus paseos rehuÃa la mirada retadora de Raskolnikof, después de lo cual se detenÃa de pronto y le miraba a la cara fijamente. Era extraño el espectáculo que ofrecÃa aquel cuerpo rechoncho, cuyas evoluciones recordaban las de una pelota que rebotase de una a otra pared.
Porfirio Petrovitch continuó:
‑Nada nos apremia. Tenemos tiempo de sobra… ¿Fuma usted? ¿Acaso no tiene tabaco? Tenga un cigarrillo… Aunque le recibo aquÃ, mis habitaciones están allÃ, detrás de ese tabique. El Estado corre con los gastos. Si no las habito es porque necesitan ciertas reparaciones. Por cierto que ya están casi terminadas. Es magnÃfico eso de tener una casa pagada por el Estado. ¿No opina usted asÃ?
‑En efecto, es una cosa magnÃfica ‑repuso Raskolnikof, mirándole casi burlonamente.
‑Una cosa magnÃfica, una cosa magnÃfica ‑repetÃa Porfirio Petrovitch distraÃdamente‑. ¡SÃ, una cosa magnÃfica! ‑gritó, deteniéndose de súbito a dos pasos del joven.