Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Ha tenido usted un amago de ataque ‑dijo Porfirio Petrovitch afectuosamente y, al parecer, muy turbado‑. Se mortifica usted de tal modo, que volverá a ponerse enfermo. No comprendo que una persona se cuide tan poco. A usted le pasa lo que a Dmitri Prokofitch. Precisamente ayer vino a verme. Yo reconozco que está en lo cierto cuando me dice que tengo un carácter cáustico, es decir, malo. Pero ¡qué deducciones ha hecho, Señor! Vino cuando usted se marchó, y durante la comida habló tanto, que yo no pude hacer otra cosa que abrir los brazos para expresar mi asombro. «¡Qué ocurrencia! ‑pensaba‑. ¡Señor! ¡Dios mÃo!» Le envió usted, ¿verdad… ? Pero siéntese, amigo mÃo; siéntese, por el amor de Dios.
‑Yo no lo envié ‑repuso Raskolnikof‑, pero sabÃa que tenÃa que venir a su casa y por qué motivo.
‑¿Conque lo sabÃa?
‑SÃ. ¿Qué piensa usted de ello?