Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Porfirio se habÃa detenido ante él, sonriente.
‑¿No? ‑repitió.
Al parecer, deseaba añadir algo, pero no dijo nada más.
‑Perdóneme por mi conducta de hace un momento -dijo Raskolnikof, que habÃa recobrado la presencia de ánimo y experimentaba un deseo irresistible de fanfarronear ante el magistrado‑. He estado demasiado vehemente.
‑No tiene importancia ‑repuso Porfirio con excelente humor‑. También yo tengo un carácter bastante áspero; lo reconozco. Ya nos volveremos a ver, si Dios quiere.
‑Y terminaremos de conocernos -dijo Raskolnikof.
‑Sà ‑convino Porfirio, mirándole seriamente, con los ojos entornados‑. Ahora va usted a una fiesta de cumpleaños,¿no?
‑No; a un entierro.
‑¡Ah, sÃ! A un entierro… CuÃdese, créame; cuÃdese.
‑Yo no sé qué desearle ‑dijo Raskolnikof, que ya habÃa empezado a bajar la escalera y se habÃa vuelto de pronto‑. Quisiera poderle desear grandes éxitos, pero ya ve usted que sus funciones resultan a veces bastante cómicas.