Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Desde luego, no ha sido una sorpresa para mÃ.
Estaban ya junto a la puerta. Porfirio esperaba con impaciencia que se marchara Raskolnikof. El joven preguntó de pronto:
‑Entonces, ¿no me muestra usted la sorpresa?
‑¡Le están castañeteando los dientes y miren ustedes cómo habla! ¡Es usted un hombre cáustico! ¡Bueno, hasta la vista!
‑Yo creo que serÃa mejor que nos dijéramos adiós.
‑Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera -gruñó Porfirio con una sonrisa sarcástica.
Al cruzar la oficina, Raskolnikof advirtió que varios empleados le miraban fijamente. Al llegar a la antesala vio que, entre otras personas, estaban los dos porteros de la casa del crimen, aquellos a los que él habÃa pedido dÃas atrás que lo llevaran a la comisarÃa. De su actitud se deducÃa que esperaban algo. Apenas llegó a la escalera, oyó que le llamaba Porfirio Petrovitch. Se volvió y vio que el juez de instrucción corrÃa hacia él, jadeante.
‑Sólo dos palabras, Rodion Romanovitch. Este asunto terminará como Dios quiera, pero yo tendré que hacerle todavÃa, por pura fórmula, algunas preguntas. Nos volveremos a ver, ¿no?