Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑DÃgame una cosa ‑replicó Lujine en un tono de grosero desdén‑: ¿podrÃa usted… ? Mejor dicho, ¿tiene usted la suficiente confianza en esa joven para hacerla venir un momento? Me parece que ya han regresado todos del cementerio. Los he oÃdo subir. Necesito ver un momento a esa muchacha.
‑¿Para qué? ‑preguntó Andrés Simonovitch, asombrado.
‑Tengo que hablarle. Me marcharé pronto de aquà y quisiera hacerle saber que… Pero, en fin; usted puede estar presente en la conversación. Esto será lo mejor, pues, de otro modo, sabe Dios lo que usted pensarÃa.
‑Yo no pensarÃa absolutamente nada. No he dado a mi pregunta la menor importancia. Si usted tiene que tratar algún asunto con esa joven, nada más fácil que hacerla venir. Voy por ella, y puede estar usted seguro de que no les molestaré.
Efectivamente, al cabo de cinco minutos, Lebeziamikof llegaba con Sonetchka. La joven estaba, como era propio de ella, en extremo turbada y sorprendida. En estos casos, se sentÃa siempre intimidada: las caras nuevas le producÃan verdadero terror. Era una impresión de la infancia, que habÃa ido acrecentándose con el tiempo.