Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Si te pedà ayer que me siguieras es porque no tengo a nadie más que a ti.
‑¿Seguirte… ? ¿Para qué? ‑preguntó la muchacha tÃmidamente.
‑No para robar ni matar, tranquilÃzate ‑respondió él con una sonrisa cáustica‑. Somos distintos, Sonia. Sin embargo… Oye, Sonia, hace un momento que me he dado cuenta de lo que yo pretendÃa al pedirte que me siguieras. Ayer te hice la petición instintivamente, sin comprender la causa. Sólo una cosa deseo de ti, y por eso he venido a verte… ¡No me abandones! ¿Verdad que no me abandonarás?
Ella le cogió la mano, se la oprimió…
Un segundo después, Raskolnikof la miró con un dolor infinito y lanzó un grito de desesperación.
‑¿Por qué te habré dicho todo esto? ¿Por qué te habré hecho esta confesión… ? Esperas mis explicaciones, Sonia, bien lo veo; esperas que te lo cuente todo… Pero ¿qué puedo decirte? No comprenderÃas nada de lo que te dijera y sólo conseguirÃa que sufrieras por mà todavÃa más… Lloras, vuelves a abrazarme. Pero dime: ¿por qué? ¿Porque no he tenido valor para llevar yo solo mi cruz y he venido a descargarme en ti, pidiéndote que sufras conmigo, ya que esto me servirá de consuelo? ¿Cómo puedes amar a un hombre tan cobarde?