Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pero ¿por qué, si mató usted para robar, según dice… , por qué no cogió nada? ‑dijo la joven vivamente, aferrándose a una última esperanza.
‑No lo sé. TodavÃa no he decidido si cogeré ese dinero o no ‑dijo Raskolnikof en el mismo tono vacilante. Después, como si volviera a la realidad, sonrió y siguió diciendo‑: ¡Qué estúpido soy! ¡Contar estas cosas!
Entonces un pensamiento atravesó como un rayo la mente de Sonia. «¿Estará loco?» Pero desechó esta idea en seguida. «No, no lo está.» Realmente, no comprendÃa nada.
Él exclamó, como en un destello de lucidez:
‑Oye, Sonia, oye lo que voy a decirte.
Y continuó, subrayando las palabras y mirándola fijamente, con una expresión extraña pero sincera:
‑Si el hambre fuese lo único que me hubiera impulsado a cometer el crimen, me sentirÃa feliz, sÃ, feliz. Pero ¿qué adelantarÃas ‑exclamó en seguida, en un arranque de desesperación‑, qué adelantarÃas si yo te confesara que he obrado mal? ¿Para qué te servirÃa este inútil triunfo sobre mÃ? ¡Ah, Sonia! ¿Para esto he venido a tu casa?
Sonia quiso decir algo, pero no pudo.