Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Bueno, ¿qué debo hacer? Habla ‑dijo el joven, levantando la cabeza y mostrando su rostro horriblemente descompuesto.
‑¿Qué debes hacer? ‑exclamó la muchacha.
Se arrojó sobre él. Sus ojos, hasta aquel momento bañados en lágrimas, centellaron de pronto.
‑¡Levántate!
Le habÃa puesto la mano en el hombro. Él se levantó y la miró, estupefacto.
‑Ve inmediatamente a la próxima esquina, arrodÃllate y besa la tierra que has mancillado. Después inclÃnate a derecha e izquierda, ante cada persona que pase, y di en voz alta: «¡He matado!» Entonces Dios te devolverá la vida.
Temblando de pies a cabeza, le asió las manos convulsivamente y le miró con ojos de loca.
‑¿Irás, irás? ‑le preguntó.
Raskolnikof estaba tan abatido, que tanta exaltación le sorprendió.
‑¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ‑preguntó con acento sombrÃo‑. ¿Pretendes que vaya a presentarme a la justicia?
‑Debes aceptar el sufrimiento, la expiación, que es el único medio de borrar tu crimen.
‑No, no iré a presentarme a la justicia, Sonia.