Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Derecho a matar? ‑exclamó la joven, atónita.
‑¡Calla, Sonia! ‑exclamó Rodia, irritado. A sus labios acudió una objeción, pero se limitó a decir‑: No me interrumpas. Yo sólo quería decirte que el diablo me impulsó a hacer aquello y luego me hizo comprender que no tenía derecho a hacerlo, puesto que era un gusano como los demás. El diablo se burló de mí. Si estoy en tu casa es porque soy un gusano; de lo contrario, no te habría hecho esta visita… Has de saber que cuando fui a casa de la vieja, yo solamente deseaba hacer un experimento.
‑Usted mató.
‑Pero ¿cómo? No se asesina como yo lo hice. El que comete un crimen procede de modo muy distinto… Algún día lo contaré todo detalladamente… ¿Fue a la vieja a quien maté? No, me asesiné a mí mismo, no a ella, y me perdí para siempre… Fue el diablo el que mató a la vieja y no yo.
Y de pronto exclamó con voz desgarradora:
‑¡Basta, Sonia, basta! ¡Déjame, déjame!
Raskolnikof apoyó los codos en las rodillas y hundió la cabeza entre sus manos, rígidas como tenazas.
‑¡Qué modo de sufrir! ‑gimió Sonia.