Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Se ha vuelto loca ‑afirmó otro.
‑¡Piedad para ella, Señor! ‑dijo una mujer santiguándose‑. ¿Se ha encontrado a los niños? SÃ, ahà vienen; los trae la niña mayor. ¡Qué desgracia, Dios mÃo!
Al examinar atentamente a Catalina Ivanovna se pudo ver que no se habÃa herido, como creyera Sonia, sino que la sangre que teñÃa el pavimento salÃa de su boca.
‑Yo sé lo que es eso ‑dijo el funcionario en voz baja a Raskolnikof y Lebeziatnikof‑. Está tÃsica. La sangre empieza a salir y ahoga al enfermo. Yo he presenciado un caso igual en una parienta mÃa. De pronto echó vaso y medio de sangre. ¿Qué podemos hacer? Se va a morir.
‑¡Llévenla a mi casa! ‑suplicó Sonia‑. Vivo aquà mismo… Aquella casa, la segunda… ¡A mi casa, pronto… ! Busquen un médico… ¡Señor!
Todo se arregló gracias a la intervención del funcionario. El gendarme incluso ayudó a transportar a Catalina Ivanovna. La depositaron medio muerta en la cama de Sonia. La hemorragia continuaba, pero la enferma se iba recobrando poco a poco.