Crimen y Castigo
Crimen y Castigo De pronto rompió a llorar y exclamó con una especie de ronquido:
‑¡Excelencia, proteja a los huérfanos en memoria del difunto Simón Zaharevitch, del que incluso puede decirse que era un aristócrata!
Tras un estremecimiento, volvió a su juicio, miró con un gesto de espanto a cuantos la rodeaban y se vio que hacía esfuerzos por recordar dónde estaba. En seguida reconoció a Sonia, pero se mostró sorprendida de verla a su lado.
‑Sonia… , Sonia… ‑dijo dulcemente‑, ¿también estás tú aquí?
La levantaron de nuevo.
‑¡Ha llegado la hora… ! ¡Esto se acabó, desgraciada… ! La bestia está rendida… , ¡muerta! ‑gritó con amarga desesperación, y cayó sobre la almohada.
Quedó adormecida, pero este sopor duró poco. Echó hacia atrás el amarillento y enjuto rostro, su boca se abrió, sus piernas se extendieron convulsivamente, lanzó un profundo suspiro y murió.
Sonia se arrojó sobre el cadáver, se abrazó a él, dejó caer su cabeza sobre el descarnado pecho de la difunta y quedó inmóvil, petrificada. Poletchka se echó sobre los pies de su madre y empezó a besarlos sollozando.