Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Pero, hombre… ! Oye: me vaya yo donde me vaya y ocurra lo que ocurra, tú debes seguir siendo su providencia. Las pongo en tus manos, Rasumikhine. Te digo esto porque sé que la amas y estoy seguro de la pureza de tu amor. También sé que ella puede amarte, si no te ama ya. Ahora a ti te concierne decidir si debes irte a beber.
‑Rodia… Mira… Oye… ¡Demonio! ¿Qué quieres decir con eso de que las pones en mis manos… ? Bueno, si es un secreto, no me digas nada: yo lo descubriré. Estoy seguro de que todo eso son tonterÃas forjadas por tu imaginación. Por lo demás, eres una buena persona, un hombre excelente.
‑Cuando me has interrumpido, te iba a decir que haces bien en renunciar a conocer mis secretos. No pienses en esto, no te preocupes. Todo se aclarará a su debido tiempo, y entonces ya no habrá secretos para ti. Ayer alguien me dijo que los hombres tenemos necesidad de aire, ¿lo oyes?, de aire. Ahora mismo voy a ir a preguntarle qué querÃa decir con eso.
Rasumikhine reflexionó febrilmente. De pronto tuvo una idea.
«Seguramente ‑pensó‑, Raskolnikof es un conspirador polÃtico y está en vÃsperas de dar un golpe decisivo. No puede ser otra cosa… Y Dunia está enterada.»