Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pues este segundo objeto es darle una explicación a la que considero que tiene usted derecho. No quiero que me tenga por un monstruo, siendo asà que, aunque usted no lo crea, mi deseo es ayudarle. Por eso le aconsejo que vaya a presentarse usted mismo a la justicia. Esto es lo mejor que puede hacer. Es lo más ventajoso para usted y para mÃ, pues yo me verÃa libre de este asunto. Ya ve que le soy franco. ¿Qué dice usted?
Raskolnikof reflexionó un momento.
‑Oiga, Porfirio Petrovitch ‑dijo al fin‑; usted ha confesado que no tiene contra mà más que indicios psicológicos y, sin embargo, aspira a la evidencia matemática. ¿Y si estuviera equivocado?
‑No, Rodion Romanovitch, no estoy equivocado. Tengo una prueba. La obtuve el otro dÃa como si el cielo me la hubiera enviado.
‑¿Qué prueba?
‑No se lo diré, Rodion Romanovitch. De todas formas, no tengo derecho a contemporizar. Mandaré detenerle. Reflexione. No me importa la resolución que usted pueda tomar ahora. Le he hablado en interés de usted. Le juro que le conviene seguir mis consejos.
Raskolnikof sonrió, sarcástico.