Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof subió a la taberna. Halló a su hombre en un gabinete contiguo al salón donde una nutrida clientela ‑pequeños burgueses, comerciantes, funcionarios‑ bebÃa té y escuchaba a las cantantes en medio de una infernal algarabÃa. En una pieza vecina se jugaba al billar. Svidrigailof tenÃa ante sà una botella de champán empezada y un vaso medio lleno. Estaban con él un niño que tocaba un organillo portátil y una robusta muchacha de frescas mejillas que llevaba una falda listada y un sombrero tirolés adornado con cintas. Esta joven era una cantante. DebÃa de tener unos dieciocho años, y, a pesar de los cantos que llegaban de la sala, entonaba una cancioncilla trivial con una voz de contralto algo ronca, acompañada por el organillo.
‑¡Basta! ‑dijo Svidrigailof a los artistas al ver entrar a Raskolnikof.
La muchacha dejó de cantar en el acto y esperó en actitud respetuosa. También respetuosa y gravemente acababa de cantar su vulgar cancioncilla.
‑¡Felipe, un vaso! ‑pidió a voces Svidrigailof.
‑Yo no bebo vino ‑dijo Raskolnikof.
‑Como usted guste. Pero no he pedido un vaso para usted. Bebe, Katia. Hoy ya no lo volveré a necesitar. Toma.
Le sirvió un gran vaso de vino y le entregó un pequeño billete amarillo.