Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Ya que usted lo quiere, seguiremos hablando ‑dijo Raskolnikof, entrando en liza repentinamente y con impaciencia febril‑. Por peligroso que sea usted y por poco que desee perjudicarme, no quiero andarme con rodeos ni con astucias. Le voy a demostrar ahora mismo que mi suerte me inspira menos temor del que cree usted. He venido a advertirle francamente que si usted abriga todavÃa contra mi hermana las intenciones que abrigó, y piensa utilizar para sus fines lo que ha sabido últimamente, le mataré sin darle tiempo a denunciarme para que me detengan. Puede usted creerme: mantendré mi palabra. Y ahora, si tiene algo que decirme (pues en estos últimos dÃas me ha parecido que deseaba hablarme), dÃgalo pronto, pues no puedo perder más tiempo.
‑¿A qué vienen esas prisas? ‑preguntó Svidrigailof, mirándole con una expresión de curiosidad.
‑Todos tenemos nuestras preocupaciones ‑repuso Raskolnikof, sombrÃo e impaciente.