Diario de un escritor
Diario de un escritor … Jlestakov[30], al menos, cuando mentía al alcalde, tenía cierto temor de que lo desenmascararan y lo sacasen del salón. Los Jlestakov de nuestros días no tienen miedo de nada y mienten con toda tranquilidad.
En los tiempos que corren todos se sienten totalmente tranquilos. Tranquilos y puede que también felices. Apenas hay nadie al que se pida cuentas, todo el mundo actúa con «sencillez», y eso es ya el colmo de la felicidad. Ahora, lo mismo que antes, todos están corroídos por la vanidad, pero la vanidad de antaño entraba con timidez, dirigía una mirada febril a su alrededor, examinaba las fisonomías: «¿Estará bien que entre? ¿Estará bien que hable?». Hoy en día todo el mundo está persuadido de antemano de que, entre donde entre, todo le pertenece. Y si no es así, resuelve el asunto en un abrir y cerrar de ojos, sin enfadarse siquiera. ¿No habéis oído hablar de notas como ésta?:
«Querido papá, tengo veintitrés años y aún no he hecho nada; convencido de mi inutilidad, he decidido quitarme la vida…».