Diario de un escritor
Diario de un escritor —Pero ¿qué dices? ¿Qué dices? No hay ningún lobo. Te lo has imaginado. ¿Cómo va a haber aquí ningún lobo? —murmuró, tratando de tranquilizarme. Pero yo temblaba de pies a cabeza y me agarraba con más fuerza a su blusa; probablemente estaba muy pálido. Me miró con una sonrisa inquieta, visiblemente preocupado y alarmado de mi estado—. ¡Menudo susto se ha llevado, el pobre! —añadió, sacudiendo la cabeza—. ¡Vamos, vamos, muchacho! ¡No es nada! —alargó la mano y me acarició la mejilla—. Vamos, ya pasó. Cristo está contigo. Haz la señal de la cruz. —Pero yo no le hice caso. Me temblaban las comisuras de los labios, y ese detalle debió de chocarle de manera especial. Extendió con cuidado un dedo grueso, manchado de tierra y con la uña negra, y me tocó levemente los labios trémulos—. Pobre muchacho —dijo, dirigiéndome una sonrisa prolongada, casi maternal—. ¡Señor, vaya susto te has llevado!
Al final entendí que no había ningún lobo, que aquel grito había sido producto de mi fantasía. En cualquier caso, lo había oído con toda claridad y nitidez, pero sabía que ya otras veces había creído oír gritos de ese tipo (no sólo sobre los lobos). (Más adelante, cuando salí de la infancia, esas alucinaciones desaparecieron.)
—Bueno, me voy —dije, dirigiéndole una mirada inquisitiva y tímida a la vez.