Diario de un escritor

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—Vale, vete; y yo te seguiré con la mirada. ¡No voy a dejar que te coja el lobo! —añadió, siempre con la misma sonrisa paternal—. Bueno, vete, y que Cristo te acompañe. —Hizo la señal de la cruz sobre mí y luego se santiguó él mismo.

Eché a andar, pero cada diez pasos me volvía a mirarlo. Mientras yo me alejaba, Maréi seguía parado junto a su jumento, siguiéndome con la vista y haciendo un gesto con la cabeza cada vez que me volvía. Debo reconocer que me sentía un poco avergonzado por haberme asustado de ese modo, pero seguía teniendo miedo del lobo; no se me pasó hasta que llegué a lo alto del barranco y vislumbré el primer granero; una vez allí, mi miedo desapareció del todo; de pronto salió a mi encuentro, no sé de dónde, nuestro perro guardián Volchok. En su compañía me sentí completamente a salvo y me volví por última vez a mirar a Maréi; no distinguía su rostro con claridad, pero adivinaba que seguía sonriéndome con afecto y moviendo la cabeza. Le hice un gesto con la mano y él me respondió de la misma manera y a continuación azuzó a su caballo.

—¡Arre, arre! —me llegó su grito desde la lejanía, y el jumento volvió a tirar del arado.


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