Diario de un escritor
Diario de un escritor Recuerdo que, cuando me bajé de la tarima y miré a mi alrededor, sentí que podía contemplar a esos desdichados con otros ojos y que de pronto, por una suerte de milagro, había desaparecido totalmente de mi corazón cualquier rastro de odio y enfado. Eché a andar, fijándome en los rostros de las personas con las que me cruzaba. Ese mujik cubierto de oprobio, con la cabeza afeitada y las mejillas marcadas, que, borracho perdido, berrea su burda canción, podría ser Maréi: no puedo penetrar en su corazón. Esa misma tarde volví a encontrarme con M…cki. ¡Pobre hombre! Él no podía acordarse de ningún Maréi y por eso aquellos hombres sólo le inspiraban esa expresión: «Je hais ces brigands!». ¡Sí, esos polacos sufrían entonces más que nosotros!