Diario de un escritor

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Cuando llegué a casa, después de haberme separado de Maréi, no le hablé a nadie de mi «aventura». ¿Qué clase de aventura era ésa? Y no tardé en olvidarme de Maréi. En las raras ocasiones en que me encontraba con él, nunca le dirigía la palabra, ni para hablar del lobo ni de ninguna otra cuestión; y ahora, de pronto, veinte años después, en Siberia, me acordaba de ese encuentro con toda claridad, hasta en los menores detalles. Eso quería decir que se había aposentado en mi alma sin que yo mismo me diera cuenta, en contra de mi voluntad, y que surgía ahora en el momento necesario. Rememoraba la sonrisa tierna y paternal de ese pobre siervo, su manera de santiguarme y de mover la cabeza: «¡Vaya susto se ha llevado el pobre!». Y sobre todo ese dedo grueso y manchado de tierra, y la tímida ternura con que había acariciado mi labio tembloroso. Ya sé que cualquiera habría tratado de tranquilizar a un niño, pero en ese encuentro solitario sucedió algo distinto: si hubiera sido su propio hijo, no habría podido dirigirme una mirada que irradiara tanto amor. ¿Quién le obligaba? Era nuestro siervo y yo era el hijo de su amo: nadie iba a enterarse de su delicadeza, nadie iba a recompensarle. ¿Sentiría acaso una especial inclinación por los niños pequeños? Hay gente así. El nuestro fue un encuentro solitario, en plena naturaleza; probablemente sólo Dios había visto desde las alturas qué sentimiento humano profundo y luminoso, qué ternura delicada y casi femenina pueden llenar el corazón de un tosco mujik ruso, de un siervo bestialmente ignorante, que en aquel entonces no soñaba siquiera con su libertad. Decidme, ¿no es eso a lo que se refería Konstantín Aksákov cuando hablaba de la elevada instrucción de nuestro pueblo?


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