Diario de un escritor

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De todos modos, no puedo dejar de exclamar: sí, la abogacía es una institución espléndida, pero, no sé por qué, tiene algo triste. Lo he dicho al principio y vuelvo a repetirlo ahora. Tal es mi impresión, debida seguramente a que no soy jurista; y en eso consiste mi desgracia. Sigo imaginándome una especie de escuela moderna de acrobacia intelectual y desecamiento del corazón, una escuela en la que se aprende a distorsionar cualquier sentimiento sano cuando la ocasión lo requiere; una escuela que enseña a atentar contra todo, osada e impunemente, de manera continua e infatigable, según la necesidad y la demanda, donde todo eso se ha erigido en una suerte de principio y, aprovechándose de nuestra falta de costumbre, se presenta como una especie de proeza que todos aplauden. ¿Acaso estoy tratando de desacreditar la abogacía y el nuevo sistema judicial? Dios me libre. Lo único que querría es que todos nosotros fuéramos un poco mejores. Un deseo de lo más modesto, pero, ay, de todo punto idealista. Soy un idealista incorregible; busco valores sagrados, los amo; mi corazón tiene sed de ellos porque mi manera de ser me impide vivir sin valores sagrados, pero en cualquier caso me gustaría que los ideales que consideramos sagrados lo fueran un poco más; de otro modo ¿merece la pena reverenciarlos? Sea como fuere, he echado a perder mi Diario de febrero extendiéndome en exceso sobre un tema triste, simplemente porque me ha causado una honda impresión. Pero il faut avoir le courage de son opinion[50], y creo que ese inteligente proverbio francés podría servir de guía a muchas personas que buscan respuestas a las cuestiones que nos plantean los confusos tiempos en que vivimos.


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