Diario de un escritor

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Justamente cuando se celebraba la vista del proceso de la señora Kaírova, se me presentó la oportunidad de visitar el Hospicio, un lugar en el que no había estado nunca y al que, desde hacía tiempo, tenía ganas de echar un vistazo. Gracias a un médico conocido, pude examinarlo todo. No obstante, me ocuparé en detalle de mis impresiones más adelante; ni siquiera tomé notas ni registré edades ni cifras; desde el primer paso me pareció evidente que no sería capaz de verlo todo de una vez y que merecía la pena repetir la visita. Y eso es lo que el respetabilísimo médico que me servía de guía y yo resolvimos hacer. Incluso tengo intención de viajar al campo para ver a las nodrizas finlandesas a quienes se confía la cría de los niños. Por tanto, dejo la descripción para más tarde; ahora sólo me propongo dar unas rápidas pinceladas: el monumento a Betskoi, la sucesión de salas magníficas en las que están repartidos los niños, la admirable limpieza (que nada estorba), las cocinas, el vivero en el que «se prepara» a los terneros para la vacunación, los refectorios, los grupos de niños pequeños a la mesa, los grupos de niñas de cinco y seis años jugando a los caballitos, un grupo de muchachas adolescentes, de unos dieciséis o diecisiete años, antiguas pupilas del establecimiento, que se preparaban para convertirse en niñeras y se esforzaban en completar su instrucción. Esas jovencitas saben ya algunas cosas, han leído a Turguénev, tienen una visión clara y hablan muy gentilmente con vosotros. Pero todavía más me gustaron las celadoras: parecen muy amables (no creo que estuvieran fingiendo con ocasión de nuestra visita) y sus rostros denotaban paciencia, bondad e inteligencia. Algunas, por lo visto, tienen formación. Me interesó también mucho la noticia de que la mortalidad de los niños que se crían en esa casa (quiero decir en ese edificio) es incomparablemente más baja que la de los niños criados en sus hogares, con sus familias, aunque no puede decirse lo mismo de los niños criados en el campo. Vi, por último, la habitación de abajo, donde las madres llevan a sus hijos y los dejan para siempre… Pero dejemos todo eso para otro momento.


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